—Ni ella tampoco conmigo.

—¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no quisieras reconocer.

—Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte.

—¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.

—No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí... acuérdate de las últimas cartas de tu casa.

—Yo las voy a contestar.

—Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu oficina.

—¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir!

—Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.

—¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!...