—¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo.

—El viejo no tiene nada...

—Eso no lo sabes... Además, Clota...

—¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!...

Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas interiores en una de las que entró dando un formidable portazo.

—Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.

—Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la medida!...

Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.

—Baldomero—le dijo Lorenzo, intensamente agitado,—nosotros necesitamos salir en seguida para el pueblo.

—¿Y... eso?...