—Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo.
—Pero... ¿qué, ha pasado algo?
—Lo que tenía que suceder, desgraciadamente.
Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba sentado y roscándose la cabeza, dijo:
—¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor?
—No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro... y nos ha echado.
—¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto?
—No, en su cuarto no está.
—No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo!
—Mande ensillar, primero.