—¡Voy, don Melchor!—contestó y como si no hubiera oído la orden se dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su blusa por los ojos.

—Que me haga ensillar el zaino, le dije.

—¿Piensa salir con esta calor?

—Voy a acompañar a los muchachos que se van—contestó Melchor mientras, sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de montar.

—¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...—le preguntó insinuantemente Baldomero.

—¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera del bajo.

—A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla?

—No, Baldomero, déjelos que se vayan—respondió Melchor continuando en la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de espíritu,—ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe... ¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!...

—¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don Melchor...! ¿por qué dice todo eso?

—¡Porque es verdad!