—Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!...

—¡Hágalo por los viejos!—dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.

—Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule nuestra situación...

—¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para tener que ver estas cosas!—dijo el noble Baldomero arrojando lejos un bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:—¡Esto va a matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!... ¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver llorar a muchos hombres!...

—Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que hagamos?...

—...¡Es una fatalidad!...

—Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina...

—¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí va a ser su perdición...

En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto:

—¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino.