—«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días»—volvió a repetir Melchor.

—¡Cuanto antes, Melchor!—le dijo Lorenzo bajo la presión de una emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.—¡Cuánto antes!... tú no debes quedarte aquí.

—Y me quedo.

—Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos contigo mañana o pasado... ¿Quieres?...

—No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo.

—¡Cómo ha de ser!—exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y agregó:—yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o allá...

—¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!...

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¡«Jiú»!, moduló Hipólito y el coche partió a todo trote, como si una fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al través de lágrimas silenciosas vio Lorenzo que Melchor había bajado del caballo para cerrar la tranquera, en la que apoyó luego los brazos cruzados, y bajo un sol de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por vicio, las matas de pasto que el freno le permitía morder...