—Los voy a acompañar.

—¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor!

Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos, hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a los dos desde el primer instante.

—¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho por nosotros—le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por Melchor,—y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.

—Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien.

—Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has hecho por mí.

—¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada.

—Si quieres—dijo Lorenzo,—encárgame algo para tu casa.

—Les das recuerdos.

—O para Clota.