—¿Cómo yo?
—¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos en Dios y sostener que descendemos del mono—aunque no sepamos de dónde desciende el mono,—y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto aparecen viruelas.
—Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.
—¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de evolución, un átomo de vida!
—Perfectamente.
—¡Y bien: ahí, ahí está Dios!
—¿Tan chiquito es Dios?
—Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el Universo.
—¿También está en todo el Universo?
—¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan creyente y tan cristiano como yo.