—Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o jugar un «pocarcito»...

—Ese juego se ha divulgado mucho realmente—dijo Lorenzo.

—¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada «metejón»!...

—¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando?

—¿Esto?... esto... es Mercedes—repuso Melchor,—aquí podremos bajar un momento para estirar las piernas.

*
* *

—Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina?

—¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría conversado con el maquinista, en grande.

—¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!...

—Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.