—¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía?
—Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril.
—¡Puede ser!...
—Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de eso... nadie vale nada.
—Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club.
—No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente de otra clase.
—¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores maquinistas?...
—No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas acaso los maquinistas—¡y como ellos tantos otros!—no sacaran la peor parte...
—¡No digas barbaridades!...
—¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo, que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va, Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando amargo y escupiendo dulce.»