—¡Qué hermoso!—dijo Lorenzo.

—¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!»

—Es en bruto el concepto de Víctor Hugo... ¿te acuerdas?... en la «Oración por todos»...—dijo Lorenzo,—cuando al hablarle de la madre dice a su hija; más o menos, no me acuerdo bien: «que haciendo dos porciones de la vida, bebió el acíbar y te dio la miel».

—¡Eso es!... Con una diferencia para mí: que en un caso hay un verso de «Víctor Hugo»... y en el otro la expresión sincera de un hombre de corazón.

—¿Y qué tiene que ver todo eso con los señores maquinistas?—dijo Ricardo burlescamente.

—¡Que es frecuente encontrar en gente de baja condición social conceptos y formas que impresionan más que el mejor precepto editado por el más campanudo moralista!

—También con una diferencia, Melchor.

—¿Cuál?

—Que esos tipos dan, si acaso, un buen consejo cada cien años, mientras que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por página.

—La razón está en que esos tratadistas son acopiadores de máximas que reeditan modernizándolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo.