—¡Lo haría pensando en la recompensa!—dijo Ricardo.

—¡Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... ¡y nada más! Con ese criterio la acción más noble y generosa resulta despreciable y lo mismo podrías pensar de otro maquinista que, al entrar con un tren rápido entre las quintas de Flores, vio un pequeño bulto en la vía, que a la distancia le pareció un perro; pero cuando estuvo casi encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material para parar la máquina pasó en dos brincos hasta el miriñaque y al llegar a la niñita, la levantó en alto con una mano, salvándola de una muerte segura.

—Ché, Lorenzo: ¿qué te parece la imaginación de Melchor?...

—¡Imaginación!... En los archivos de esta empresa están los antecedentes de estos dos casos y de muchos análogos. Si dudas, anda a preguntar.

—¡No me da tan fuerte!

—Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde que es verdad.

—¡Es cuando fastidia más no ser creído!

—¡Estás equivocadísimo! El que se fastidia de que no le crean, es, generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con quien no le cree; cuando más, lo compadece...

*
* *

—Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades más importantes de la provincia—dijo Ricardo.