A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternísimo escuchándole y deseando que continuara en su disertación, que inoculaba en su espíritu una extraña sensación de energías no sentidas. Nunca, como en aquel momento había experimentado Lorenzo y Ricardo como él, la influencia tonificante que Melchor les producía, nunca como en aquel momento y realizando aquel viaje, se les había mostrado éste tan digno de ser imitado, y nunca habían sentido más candente el rubor de la propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prédica de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les producía, continuó diciendo:
—Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable discreción; pero nunca he trasmitido a nadie ni la más mínima participación en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido consecuencia de mis actos, y tengo—invocando la amistad a que apelaba Ricardo hace un rato,—el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes cultivan. Así: «cultivan», como si fuera muy hermoso y muy digno entregarse a todas las apatías y contaminar a cuantos nos rodean con la baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de levantar el espíritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es necesario, una alegría que nos haga amables o cuando menos que no nos convierta en motivo de pena para nuestros íntimos y para cuantos tenemos que frecuentar. Tú, tú, Lorenzo, deberías vivir riendo y cantando en tu casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el día en que te creíste enfermo de un mal que no existe más que en tu imaginación y que no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles así porque, sin tener ni más inteligencia ni siquiera la ilustración de ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con más caudal que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me es duro hablarles así y sufro más yo diciéndoles estas cosas que ustedes mereciéndolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponían a mi servicio; es decir, al de un propósito honesto y digno, en cuya consecución el mayor beneficio será para ustedes.
—Por mi parte—le interrumpió Ricardo—no he contraído con nadie la obligación de divertirles y si mi carácter es así la culpa no es mía.
—¡Tuya, y nada más que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido en tu casa cuanto has querido, el día en que alguien te negó algo te sentiste desgraciado. Tú eres víctima de tu propia felicidad, Ricardo. ¡Vuélvete a ella!
—¡Esas son frases, Melchor, y nada más! Porque tú, como nadie, sabes que la desgracia se ha cebado en mí.
Al oír esto, Melchor prorrumpió en una carcajada, diciendo al subrayar cada sílaba:
—...Que la desgracia se ha cebado en ti... ¡esto es divino!...
—Ríe todo lo que quieras... eso es muy cómodo.
—Pero cómo no he de reírme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo un mismo rótulo que inspira risa: «¡amores contrariados!»
Y volvió a reír estrepitosamente.