—¡Yo habría de verte si Clota te dejase por otro!—dijo Ricardo calculando herir en lo más hondo.

—¡Ya está!—prorrumpió vehementemente Melchor.—¿Quieres que te diga lo que sucedería?... pues bien, escucha: primero pensaría: es mentira.

—¡Ah! ¿Y si no fuera mentira?

—Pero espérate, ¡caramba! ¡déjame hablar! Cuando me convenciera de que Clota me reemplazaba sin vuelta, ¡me daría un furor tremendo!... y ganas de matar al otro (jamás, en ningún caso, de matarme yo), y me pondría triste después, muy triste durante dos o tres... horas—espérate, no me interrumpas;—luego tomaría un coche; me iría a Palermo, vería allí un mundo de muchachas jóvenes, lindas, dispuestas todas a quererme mucho—como que esas muchachas van buscando a quien querer, ¿eh?—pero yo no les haría caso, ese día, porque estaría muy triste; regresaría a casa, y como en casa nadie tendría la culpa de que Clota me hubiese olvidado por otro, diría al entrar en casa lo que un amigo mío en circunstancias análogas: «ahora hay que reír» y entraría riéndome... mi madre conocería que mi risa era fingida; me preguntaría la causa, y como mi madre es mi madre, yo le diría: Clota me ha engañado; me mentía: se ha comprometido con otro; y en seguida no más, abrazándola, agregaría: ¡pero tú no me has mentido nunca! ¡tú me quieres siempre!... y apoyado en el cariño de mi madre y feliz con él, esperaría la llegada de...

—¿De qué?...

—¡De otra Clota más constante!—dijo Melchor riendo, y agregó:—el mundo está lleno de Clotas, ché Ricardo; convéncete.

—Eso lo dices ahora.

—Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi acción en la vida y mi vida misma no pueden depender, ¡no deben depender! de la volubilidad de una muchacha ni de dos... y, por otra parte, ¿quieres nada más ridículo, nada más desairado, nada más cursi, que un hombre como nosotros, eternamente triste porque lo dejó una novia para casarse con otro con quien es «eternamente» feliz?... ¡Adonde iríamos a parar!

—Según eso, la mujer no influye en el destino del hombre.

—¡Vaya si influye!... ¡Ya lo creo!... pero la Mujer, ¿eh?... en el destino del Hombre, ¿eh?... así, en términos generales, y no una mujer especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi destino, por ejemplo...