—¿Si pensará lo mismo tu novia?—dijo Lorenzo, sonriendo cariñosamente.
—¡Seguramente no! ¡qué gracia! Ella no tiene por qué pensar en estas cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una decepción, la recibiría virilmente, y no se entregaría a extremos ridículos...
Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una impresión tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigiéndose a Lorenzo:
—¡Ché!... ¿Y los diarios?... ¿dónde los han puesto que no los veo?
—Están ahí arriba—respondió Melchor, señalándolos, y agregó:—¿no les parece que sería bueno almorzar?... ¡Yo siento una languidez!...
—Vamos a almorzar—repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al coche-restaurant.
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Durante el almuerzo Melchor derrochó los recursos de su espiritualidad matizando la conversación mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de costumbre, incitaba a la jovialidad, diciéndole más de una vez:
—No temas... come; ¡pero ríe! porque la risa es el gran digestivo; jamás la mesa llenará su función si no comprende estas tres condiciones fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante conversación: ¡y a cada bocado una carcajada formidable!
—¡Estás hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!—dijo Lorenzo.