—¡Perfeccionado, ché! como que a los preceptos les sucede lo mismo que a los gringos: se perfeccionan aquí... entre nosotros... Les pasa en nuestro país lo que nos ocurría antes con nuestros cueros, que los mandábamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra vitalidad social los depura y los devuelve—¡cuando se van!—curtidos y utilizables; pero dejando estas filosofías... ¡come!... ¿te sirvo otro «filet»?...

—No, gracias.

—¡Come! ¡no seas maula!... Acuérdate de aquel consejo: «donde vayas a comer, come mucho; si son tus amigos les darás placer; si son tus enemigos, les darás rabia».

Para estimular el apetito de sus compañeros, Melchor comía con exceso y rompía los silencios con observaciones más o menos felices, destinadas a reanudar la conversación y a disipar alguna sombra en el espíritu de sus dos amigos.

No estaba el de él desprovisto de ellas en absoluto, porque las alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su madre: «dejas a tu novia», habían producido en su ánimo cierto escozor que, sin perturbarle demasiado, persistía en él como el confuso presentimiento de una amenaza.

Él, que jamás había sentido la sensación de una sospecha vulgar; él, que se había considerado siempre fuerte en la posesión espiritual de Clota; él, que había desechado resueltamente toda preocupación recelosa, experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenuísima alucinación de inquietud...

No la habría descubierto el psicólogo más experimentado, tanto era de incipiente; no la habrían ni siquiera presentido sus compañeros de viaje: él mismo acaso no podía apreciarla en su exacta magnitud, que así es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del espíritu.

En situaciones tales hay, más que una sensación ponderable, un presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relámpago precursor de una remotísima tempestad; uno de esos destellos, instantáneos y pálidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la línea del horizonte sensible.

—¡Qué es eso?—exclamó con asombro Lorenzo, poniéndose de pie.

—¿Has oído?—dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo dirigiéndose a Melchor, que intensamente pálido contestó, levantándose con violencia: