—¡Sí!... ¡es a mí!... ¿qué habrá?...

El tren acababa de entrar en la estación del Bragado, y de entre la concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andén había salido este grito:

—¡Señor Melchor Astul!

El llamamiento se repitió hasta que, parado el convoy, descendieron los tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abriéndose paso por entre la concurrencia, respondía a los llamamientos gritando:

—¡Aquí!... ¡Aquí!...

Un mensajero del telégrafo se le acercó:

—¿Cómo se llama usted, señor?

—Melchor Astul.

—¿Tiene alguna tarjeta... o algo?

—¡Sí, hombre! ¡Sí, es él!—dijeron a dúo Lorenzo y Ricardo.