El mensajero los contempló un instante, los miró, más bien, y entregándoselo a Melchor, le dijo:

—Un telegrama para usted.

Melchor lo rompió temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpió con la voz ahogada por la emoción:

—De Clota... ya vengo... voy a contestarle.

—¿El recibo?... señor...—le reclamó el mensajero.

—¡Ah... es cierto! ¿Tienes lápiz, Lorenzo?

—No.

—Yo tengo—dijo Ricardo.

—Fírmale el recibo, ¿quieres?—y sacando del chaleco un montón de moneditas las dio al mensajero, diciéndole:

—Toma... para ti—y se dirigió al telégrafo, mientras Ricardo, apoyado en la pared exterior de un vagón, escribía en el recibo del telegrama de Clota, este nombre: «Melchor Astul».