Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel había sido arrastrado en parte por Melchor al levantarse.
—¿Alguna otra cosa, señores?...
—Vamos a esperar al compañero.
—¡Conforme!—respondió el mozo, dirigiéndose hacia el pequeño mostrador del fondo, con movimientos idénticos a los de un pato que camina ligero.
Después de un breve silencio, dijo Lorenzo:
—Cómo se quieren, ¿eh?...
—Y cómo tarda Melchor—respondió Ricardo, asomándose por la ventanilla.
Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que decía así:
«Señor Melchor Astul.—Bragado.—En el tren de las 11,20 a. m.—Y yo vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi pensamiento.—Clota.»
La contestación decía: