«Señorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.—¡Te engañas! Es que mi pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y soy por eso eternamente tuyo.—Melchor.»
Cuando Melchor regresó a la mesa, preguntó al sentarse:
—¿De qué hablaban?
—¡Ahora la curiosidad es tuya!—respondiole Ricardo.
—Es que a mí me interesa todo lo que ustedes hablen.
—Te ha puesto zalamero el telegrama...
—No, Ricardo; la zalamería, cuando no es ingénita, es contagiada.
—Yo no te he dicho que tú seas zalamero.
—Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy más que con ustedes, quiere decir...
—Te dije que te habías puesto zalamero con el telegrama.