—Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué ideal puede estimularme ya?...
—No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos.
—Como cualquier animal...
—¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su condición de tales?...
—Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.
—No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy!
—Porque la desgracia no te agarra...
—¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia se aburre conmigo.
—No te entiendo.
—¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia en compañía de quien ríe constantemente.