—Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de cristales rosados?
—Tú, dispones.
—¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis cristales?—insistió Melchor, riéndose cariñosamente.
—Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá viéndose negro.
—Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas! saco el que me conviene.
—¡Es una suerte!—dijo Ricardo.—Pero a mí no me sirven de gran cosa tus cristales...
—¡Qué! ¿Eres daltónico?
—Tal vez...
—¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...—exclamó Melchor, riendo con toda su risa franca y contagiosa.
—¿Y usted considera, señor médico—le preguntó Lorenzo, en tono por excepción solemne y bromista al par—que nuestro «mal» sea curable?