—¡Y después nos quejamos!—interrumpió Melchor.

—Así es.

—¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...—insistió Melchor socarronamente.

—¿Por qué?—preguntaron Lorenzo y Ricardo.

—¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»!

—Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo de alcanzar un mayor grado de progreso.

—¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no—decía Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz particular intención,—no... me refiero a cierto caballeros, que yo conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que...

—¡Ya saliste con tu eterno tema!—le interrumpió Ricardo.

—¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren desgraciados.

—«Todo es según el color del cristal con que se mira»—le respondió Ricardo.