—Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!

*
* *

—¿Parece que no has leído mucho?—dijo Ricardo a Melchor, asomándose por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de La Nación y La Prensa.

—En cambio parece que tú has dormido bastante—repuso Melchor, levantándose.

—No; he dormitado.

—Lo mismo que yo—dijo Lorenzo, incorporándose;—¡si no se puede dormir con el movimiento del tren!

—¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a «Pehuajó»?

—¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta.

—¡Ni yo tampoco!

—Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba bien... ya lo había dicho el jefe...