—Es verdad pensamos pasar aquí una temporada.
—Dos o tres meses—agregó Ricardo.
—¿Tanto tiempo? Vendrán por algún quehacer.
—¡No, don Casiano!—dijo Melchor,—¿sabe por qué vienen?... míreles las caras... ¡vienen a curarse!...
—En verdad, que no parecen muy enfermos.
—Son bromas de Melchor, señor—dijo Ricardo.
—¿Bromas?... ¿A que digo «de qué» estás enfermo?... ¿Digo?
—¡Pero esta muchacha que no viene!—exclamó el viejo, más que nada por cambiar de conversación y aproximándose de nuevo a la ventana, dijo:—¡Pampita! ¿y el mate?
—¡Voy, tata!
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