—Qué hermosa chacra tiene usted, señor—dijo Lorenzo,—qué hermosos árboles.
—Sí, señor, si algo vale es por eso... tiene árboles hechos ya... la chacrita vale por vieja, señor, al revés de las personas.
—Yo he pensado siempre lo contrario, señor; los hombres jóvenes si valen es por lo que prometen para cuando sean viejos.
—Pero los viejos no prometen nada, señor, y en la vida hay que prometer siempre... para valer algo... ¡aunque después no se de nada!—contestó don Casiano, riéndose.
—Es que ellos han dado y siguen dando.
—¡Consejos!... que no se cumplen—le interrumpió a Lorenzo don Casiano, agregando:—y, ¿qué van a tomar los señores?... ¿Querrán leche recién ordeñada?... ¿o un matecito?...
—Usted estaba «mateando», don Casiano—le dijo Melchor.
—Seguiremos... si ustedes gustan—contestó levantándose y aproximándose a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:—Pampita, trae mate, hijita.
—Hemos venido a molestar, señor.
—¡No, señor!... ¿y por mucho tiempo?