—¿La cierro?—preguntó Ricardo, provocando una leve sonrisa de Hipólito.
—Es mejor cerrarla, sí, señor—le contestó Baldomero al mismo tiempo que Melchor exclamaba:
—¡Qué pregunta!... ¡Chambón!...
El break entró en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita:
Son los Astules... tomá el mate, hijita—y se dirigió al encuentro del carruaje, que ascendía penosamente el final empinado de la cuesta.
—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...
—Torcé a la derecha, Hipólito—gritó don Casiano,—¡por ahí!... ¡detrás de las casuarinas!... es más liviano.
Así lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa edificada en la cumbre de una pequeña lomada.
Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo don Casiano:
—Pasen... pasen, caballeros... aquí está más fresco... tomen asiento.