—¡Jiú!...—moduló Hipólito interjectivamente y los caballos partieron guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje podía decirse también que «se iba ensanchando» Trenque Lauquen.

La chacra de don Casiano Contreras, situada en el límite del ejido, tenía excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella, parecían que trotaban con más firme y decidido empuje; pero, ¿qué raro?... si era fama que los pájaros más cantores la preferían para sus nidos, que las rosas se ponían en ella más rosadas y las violetas más humildes y los sauces más llorones, y los álamos más rectos. ¡Y que hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentían ansias de hacerse buenos!

¡De tal modo era intensa la esplendorosa irradiación de la «Pampita»...!

—Parece que está pesado el camino—dijo Lorenzo.

—Este pedazo está feo—le contestó Baldomero,—antes sabía haber un pantano aquí; pero don Casiano lo está arreglando.

—¡Jiu!...¡ Jiú!...—repetía Hipólito sin sacar el látigo de la latigera y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio interrumpido sólo por el vibrante arpegio de algún pájaro o el sonar del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—Quieto, Baldomero—dijo Melchor,—deje que la abra este pueblero: a ver, Ricardo, una gauchada.

—Vaya una gran dificultad—repuso éste bajando del break y dirigiéndose a abrir la tranquera, ante la que se había detenido.

Así lo hizo; el break pasó y se detuvo nuevamente.