—Así es—le contestó Ricardo, abrumado de emoción ante aquel portento de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor.

—Estaremos entonces en la chacra del contraste—dijo ella con la mayor ingenuidad.

—Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita—repuso Lorenzo acentuando esta palabra.

—No sé por qué el honor—contestó ella, estableciendo así la propiedad del apodo.

—Eso lo discutiremos después.

—Ni veo qué tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se refieren.

—Lo que nosotros no vemos es la razón para llamar a usted «Pampita».

—Muy justa: ¡sí lo soy! yo he nacido aquí... en plena Pampa, y desde chica me dicen así.

—¿Sabe, Pampita, por qué le dicen todo eso?—le dijo Melchor y sin esperar la respuesta continuó:—Porque en Buenos Aires, «pampita» se entiende por «indiecita» ¡y como usted no les parece «tan india»... que digamos!

—¡Ah!—contestó ella rápidamente,—¿entonces en Buenos Aires las palabras se entienden de distinto modo que aquí?