Los tres viajeros se miraron como interrogándose sobre el alcance de aquella observación y cuando se disponían a contestarla dijo don Casiano:
—Hijita, ya que estos señores no gustan mate, ¿por qué no les muestras el jardín?... y les juntas unas florcitas, para que lleven.
—Si ustedes lo desean...
—Sí, ché, vayan—les dijo Melchor,—mientras mateamos nosotros con don Casiano.
—Por aquí—les dijo ella señalándoles un camino de paraísos y los dos amigos siguieron la indicación bajo la influencia irresistible de aquel gesto de sencilla majestad.
Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura excepcional de belleza y de cultura: ¿Cómo ha alcanzado este grado de visible educación?—se preguntaban y como para confirmar una sospecha le dijo Ricardo:
—¿Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, señorita?
—¡Pero, señor! si hubiera estado sabría el significado que allí se da a las palabras que usamos aquí.
—Bien podría, señorita, haber estado y no conocer el de todas las palabras—replicó Lorenzo ligeramente turbado.
—¿Ignoraría, señor, el de mi propio nombre?...—repuso riendo sin ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anularía en ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados más en la expresión y la palabra ajena que en su propio espejo.