Un murmullo de satisfacción que con el arrellanarse en los asientos es en toda asamblea precursor del espectáculo preferente, indicó el turno de los bestiarios.

Clara y Sun-ché, agobiadas bajo el peso de tan espantosa situación, eran casi conducidas en vilo por unos soldados, pues su abatimiento las impedía caminar. Benjamín, sacando fuerzas de flaqueza, procuraba mostrarse hombre y filósofo, avanzando serenamente. Juanita era la que con una resolución impropia de las circunstancias, entró en la arena emulando en desenvoltura a los chicos que se echan al redondel a correr novillos embolados. Habiendo escapado ya a tan varios como inminentes peligros, creíase impermeable, valiéndonos de su propia expresión para traducir la idea de invulnerabilidad. El éxito que obtuvo su porte no se puede comparar sino a las ovaciones que alcanzan en Madrid las malas comedias.

Vestían los reos calzón y túnica corta y llevaban los brazos y piernas liados con unas tiras de cuero como los primitivos guerreros de la Lombardía. Blandiendo con la mano derecha una espada corta, pendía de su izquierda un paño rojo destinado a excitar a las fieras, de lo que acaso ha tomado origen nuestra suerte de matar en el arte de Pepe-Hillo.

Llevados ante el cubiculum del prefecto, les obligaron a entonar por tres veces el morituri te salutant; pero Juanita, amiga siempre de chacota, queriendo patentizar sus conocimientos en el latín de su uso, tomó los trastos con la extremidad del siniestro remo anterior y, simulando descubrirse con el brazo libre:

Dominus vobiscum —le dijo al senador—. Brindo para que usiam reventatur como un perri de una indigestionem de morcillam. Salutem y sarnam.

Concluida la peroración y diseminados los luchadores por el anillo, los guardias se retiraron y el prefecto hizo la señal de que soltasen las fieras. Juanita, cuadrándose delante de las caveæ, se dispuso a recibir y las puertas giraron sobre sus goznes. Pero en vez de los leones del desierto de Lybia, Luis y Pendencia con sus quince compañeros de armas desembocaron en el circo apercibiendo los revólveres ya habilitados por el sistema de la desinalterabilidad, de que el malogrado don Sindulfo les enseñó a hacer uso en su primer rapto de locura.

Verlos y arrojarse cada una sobre su cada cual, inclusa Sun-ché aunque no tenía cuyo, y Benjamín que simpatizaba con todos, obra fue de un mismo instante.

—¿No se lo decía yo a usted? —gritaba la de Pinto—. Si son como los espárragos, perdonando el modo de señalar; que les corta usté la cabeza y en seguida les vuelve a salir otra.

Pero la ocasión no era la más propicia para entretenerse con símiles. Los espectadores, defraudados en sus esperanzas y comprendiendo por lo que veían, que estaban siendo víctimas de un engaño, prorrumpieron en voces de:

—¡Traición!