Y abandonando las gradas, echaron fuera sus aceros y se aprestaron a hacer irrupción en la arena, para tomarse venganza por su mano.

Luis, que todo lo tenía previsto, formó el cuadro con su fuerza, y, colocando en el centro a las mujeres, antes de que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga de la que ni un solo tiro quedó por aprovechar. Sucedió una pausa producida por el asombro; mas como el valor de los pompeyanos era incontestable y no habían tenido aún tiempo de encontrar la explicación del fenómeno, trataron de insistir con más vehemencia, siendo detenidos en su empuje por una segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron; los más esforzados solo tuvieron un grito:

—¡Adelante!

Y ya empezaban a descolgarse en la arena cuando Luis, mandando hacer fuego graneado sobre ellos, dispuso una especie de caza, cuyos efectos los dejó consternados. Aquellos pequeños útiles de guerra que a tal distancia enviaban la muerte arrojando proyectiles sin interrupción, tomaron a sus ojos un carácter sobrenatural que no titubearon en atribuir al implacable enojo de sus dioses: el pánico sobrevino y la dispersión se hizo general.

¡Poder del progreso que permitía a un puñado de hombres ver correr en su presencia a veinte mil legionarios conquistadores del mundo entero!

Antes que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga...

El anfiteatro se quedó vacío. Entonces comenzaron las expansiones, el deplorar la suerte adversa del tutor para cuyo rescate toda tentativa se juzgó inútil, pues debía haberse ya cumplido la sentencia; y por último las explicaciones y muy particularmente la que con la reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Esta no podía ser más sencilla.

Mis lectores recordarán sin duda unos martillazos que don Sindulfo y Benjamín oyeron mientras recorrían el Anacronópete la noche que pernoctaron en China. Pues bien, dábanlos los mílites que, buscando asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los parapetos de las provisiones, se confeccionaron, con unas lonas embreadas que había en la cala, un enorme zurrón o hamaca tendida en el espacio hueco del podio, con la que comunicaban merced a una abertura, provista para mayor disimulo de su correspondiente compuerta, practicada junto a la guillotina de la descarga, y donde el gas respirable entraba por un tubo de goma a través de un simple agujero.

—De modo —concluyó Pendencia— que cuando don Pichichi, que requiezcat, creyó arrojarnos en el dezpacio, no hizo más que abrirnos la puerta prencipal de nuestra propia caza.