Dadas gracias a Dios y celebrada la ocurrencia:
—Ahora escapemos; la tierra de Noé nos aguarda —dijo Benjamín sacándose del pecho los cordeles que había conservado en medio de tanta tribulación.
Embriagados todos en su felicidad le siguieron automáticamente; pero al llegar a la puerta la encontraron cerrada; y, por los alaridos que daba el populacho al exterior, dedujeron que forzarla sería imprudencia. Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles, canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran servirles para formar barricadas, levantaban una colosal alrededor del edificio en el que los anacronóbatas iban a ser sitiados por hambre.
La situación era grave. Restituidos al redondel, ya se habían puesto a discutir en consejo de familia, cuando un estampido horroroso retumbó en todos los ámbitos de la ciudad y una luz cárdena iluminó el espacio. El susto fue de padre y muy señor mío, porque, sin pensar en el anacronismo que cometían, los expedicionarios atribuyeron la detonación a la pólvora de alguna mina con que los indígenas querían volar el edificio.
—Piensen ustedes en la fecha relativa de hoy —decía Benjamín—. ¿En qué día creen ustedes que vivimos?
—Lo que es para nosotros siempre es martes —repuso Juanita.
Una segunda conmoción aumentó la alarma. El arqueólogo se puso pálido como la muerte y, aspirando el olorcillo de azufre de que estaba impregnada la atmósfera:
—¡Maldición! —gritó mesándose los cabellos.
—¿Qué pasa? —interrogaron los excursionistas.
—¡Sí... eso es... día 8 de septiembre del año setenta y nueve de la era cristiana!... ¡La erupción del Vesubio!... ¡¡¡Nos hallamos en el último día de Pompeya!!!...