Aún no había concluido la frase, cuando un calambre geológico, una sacudida del suelo volcánico, sacando al circo de su asiento, derribó gran parte de sus muros haciendo rodar por la arena a los interlocutores sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado por los escombros. La lava caía a torrentes, la ceniza embargaba la respiración.

—Salvémonos —gritó Benjamín apenas pudo ponerse en pie; y todos se precipitaron por la abertura, pasando por encima de cadáveres abrasados por la erupción y desatendiendo los ayes de los moribundos y la desesperación de los vivos.

La inalterabilidad a que estaban sujetos haciéndolos insensibles a la influencia de cualquiera acción física, les permitió llegar al Anacronópete sin obstáculo alguno; pues las sustancias en fusión resbalaban sobre sus carnes sin adherirse.

Instalados en él, Benjamín elevó el vehículo a la zona de locomoción. Un ruido como el de una piedra chocando en un tubo de desalojamiento, produjo un sonido campanudo; pero ya el coloso había emprendido su vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se lanzaba a enriquecer la ciencia con el descubrimiento del pasado, mientras a sus pies dejaba una dolorosa enseñanza para el porvenir.


CAPÍTULO XIX

Los náufragos del aire