Al oír el pato verificóse un movimiento de reacción en los viajeros que les hizo incorporarse; pero convencidos de que eran víctimas de una ilusión, todos ahogaron un suspiro y volvieron a dejarse caer.

—¡No más treguas! —insistieron los peticionarios.

—¡Piedad! —murmuró Clara, estrechando las manos de Luis.

—Por última vez —intercedió el enamorado capitán dirigiéndose a los suyos— yo os exhorto a que hagáis gracia a las mujeres.

—Ci. Puez para hacerlaz reír eztamoz ahora.

—¡No!

—Pues bien; yo os doy mi vida por la suya.

—Ezo ez diztinto; ze aprueba, porque todoz hemoz de ir cayendo por turno. Ahora te convenceráz de mi amor, Juanita.

—¿Por qué?

—Porque mil vecez te he dicho: «Te quiero tanto, que te comería.» Y ci te toca número bajo yo te probaré mi cariño.