¿Cómo se encontraba allí? Es muy sencillo. Al arrojarle al Vesubio, su cuerpo en vez de seguir hasta el fondo, se detuvo en una de las rocas salientes del interior del cráter. La inalterabilidad a que estaba sometido le permitió no solo resistir la caída sin el menor daño, sino soportar también la alta temperatura de aquel antro en fusión. Al verificarse la erupción fue lanzado al espacio con la peña que le sustentaba; pero como en aquel instante el Anacronópete, al salir huyendo de Pompeya, cortase la parábola que don Sindulfo describía, uno de los tubos de desalojamiento le recibió como el buzón recibe una carta, produciendo aquel extraño ruido que los viajeros tomaron por el choque de una piedra sobre el vehículo.
—¿De modo, que del boleo que le dio a usted el volcán, vino usted a colarce por el rezpiradero del ana compepe?
—Sí; para satisfacer mi venganza.
—¿Cómo?
—Al oír que mi sobrina y Luis se abandonaban a los mayores transportes de felicidad: al ver vivo al rival de quien ya me juzgaba libre, los celos ejercieron sobre mí su funesto poder y concebí la idea de que pereciésemos todos juntos.
—Pero ¿por qué medio? —interrogó su colega.
—Fijando en el espacio el Anacronópete, cuyo mecanismo secreto no conocéis ninguno, para condenaros a la inmovilidad en la atmósfera insondable y complacerme en vuestra lenta agonía.
—¡Miserable! —prorrumpieron los soldados—... ¡Muera!
—Ci, muera; que cea ezta la primera rez que ce zacrifique en nuestro holoclauztro.
—Matadme en buen hora; no haré sino precederos. Vuestra suerte no por eso ha de cambiar.