—¡A ver! Una mano inocente.

—Como no zea la del almirez...

—Usted, Clara.

—Yo no quiero ser responsable de la muerte de mi prójimo —dijo la pupila eludiendo la oferta.

—Tú, Juana.

—No, que estoy segura de sacar la jota. Que escoja la emperatriz, que justo es que le toque a ella la China.

Y ya le iban a presentar el bombo a Sun-ché, cuando un bulto que se desprendía por uno de los ventiladores, hizo volver a todos la cabeza hacia aquel sitio.

—¡Don Sindulfo! —gritó el arqueólogo dejando caer las piedras.

—¡El loco! —exclamaron los circunstantes no atreviéndose a creer lo que veían.

Era realmente el asendereado tutor el que, excitado por la locura, aunque impotente por la inanición, se presentaba a sus ojos convertido en un esqueleto parlante.