—En vano es luchar —exclamó el tutor vencido y humillado—. Llevadme adonde os plazca.
—A la tierra de Noé en el Ararat —gritó Benjamín.
—Sea —balbuceó el sabio; pero por lo bajo añadió: «Todavía puedo vengarme».
Y los excursionistas, después de recoger abundante cantidad de aquel pan del cielo y de reconfortar sus perdidas fuerzas, obligaron a don Sindulfo a dejar desembarazados los movimientos del Anacronópete, encerrándole luego por precaución en el cuarto de los relojes para no verse expuestos a algún nuevo rapto de locura.
—Que nadie ce coma laz plumaz de laz codornicez que han de cervir para hacerle un plumero al zabio.
—¿No se lo decía yo a usted, señorita? —observó Juana—. Nosotros somos como los tentetiesos; aunque nos tiren de cabeza, siempre caemos de pie.
Y el Anacronópete emprendió su majestuosa marcha sobre el pueblo escogido por Dios, al que aún tuvieron ocasión de ver atravesando el mar Rojo a pie enjuto mientras sus aguas, uniéndose tras él, abrían ancha tumba a los ejércitos del cuarto Amenophis.