CAPÍTULO XX

El mejor, no porque sea el más bueno, sino por ser el último

Sesteaban tranquilamente los pastores mientras el ganado se esparcía por la falda de la montaña o por las laderas de dos ríos que, al cruzar sus brazos, parecían decirse estrechamente adiós como si presintieran que en su curso iban a separarse para no volver a reunirse nunca.

Los labradores en el valle, congregados en familia, dormitaban bajo sus tiendas, soñando tal vez al resguardarse de los rayos del sol, en el botín que la noche les reservaba en el ataque de la vecina tribu.

La mujer, reducida en aquellos tiempos a la condición de animal, el menos mimado del hombre, aderezaba las pieles que habían de servir de envoltura al fornido Triptolemo y al infatigable Nemrod, o disponía el tasajo con cuyos restos, disputados a los canes, se la premiaba el ejercicio de la maternidad.

Dominando el campamento sobre una no muy elevada colina, alzábase la tienda del jefe, donde este y los ancianos organizaban el pillaje y resolvían las diferencias de la tribu con veredictos que nada tenían de común con la justicia.

El descenso del Anacronópete en aquel risueño valle, produjo en la nómada multitud la extrañeza supersticiosa y cobarde que en la ignorancia infunde siempre lo desconocido. Al despertar sobresaltados por el aviso de los vigías, todos apercibieron sus hondas, empuñaron sus cayados y corrieron adonde el consejo estaba reunido para preguntar tumultuosamente si era al ataque o a la defensa a lo que debían disponerse.

Aunque la caída del vehículo tenía algo de sobrenatural a sus ojos, y los trajes de los expedicionarios aumentaban su confusión, la exigüidad del número con relación a la tribu restableció la confianza y se determinó dejarlos avanzar para despojarlos en sazón oportuna y repartirse las mujeres entre los que más se distinguieran por la noche en el rebato del aduar enemigo.

En aquel momento una negruzca nube, que poco antes empezara a subir por el horizonte, llenó el valle de sombras y descargó en lluvia torrencial.