—¡Ah de la tienda! —gritó Benjamín al llegar con los suyos a la de los ancianos.
—Me parece que también aquí van a recibirnos con tanto gusto como al casero —murmuró Juanita al ver la actitud de la gente.
—¿Por qué venís a turbar el sosiego de nuestro campo?
—Somos viajeros errantes y pedimos hospitalidad.
—Pagadla.
—Ved nuestra extenuación —prosiguió el políglota—. Reconfortad con algún alimento nuestras perdidas fuerzas.
Y la verdad es que, hartos de codornices, los excursionistas deseaban adquirir a cualquier precio una cazuela de modestas sopas de ajo.
—Trocadlo por vuestras vestiduras —repuso el jefe—. Aquí no se da nada sino por algo.
Convenido el trueque, se transmitió la orden de servirles leche, frutas y un par de recentales.