Todos los circunstantes contenían la respiración. El cinco veces centenario patriarca repasó los nudos entre sus dedos y, lanzando una carcajada estrepitosa:
—¡Mirad! —exclamó haciendo circular el documento entre los suyos que con irreverentes signos de desprecio hicieron coro a la hilaridad del anciano.
—¿Pero en suma?... —preguntó Benjamín con desconcierto.
—Esto son tonterías del soñador Noé: consejos que ha repartido por todas las tribus para curarnos de lo que él llama la corrupción de los hombres.
—¿Qué? —interrumpieron los circunstantes presintiendo algún desengaño.
—Él sabe que nosotros no nos acomodamos sino con el robo, el pillaje y el escándalo, y pretende que Dios, a quien no conocemos, va a castigarnos con sus iras.
—No parece que os haya escarmentado el Diluvio —objetó Benjamín ante aquella tan paladina como desvergonzada confesión.
—¿El Diluvio? No sé. Nosotros venimos de luengas tierras.
—¿Pero no habéis experimentado una inundación general?
—No en mis días.