—Bien hice yo en sostener en el Ateneo que el cataclismo no había sido universal. En fin; volviendo a nuestro asunto, aquí dice: «Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y»...
—«Y él —prosiguió el viejo interpretando la escritura— enseñándote a conocer a Dios te dará la vida eterna.»
Los expedicionarios no pudieron reprimir un movimiento de indignación contra Benjamín, al ver reducido a un precepto moral lo que ellos acariciaron como receta empírica. Todo se explicaba perfectamente: los cordeles transmitidos a varias generaciones habían sido enterrados bajo la estatua de Nerón por algún cristiano habitante de la Campania deseoso de eludir las persecuciones del siglo primero; y el occidental refugiado en China, descendiente suyo e iniciado en el secreto, se había introducido en Ho-nan para difundir la doctrina del Salvador anteponiéndose a las gloriosas conquistas de las misiones católicas en el extremo Oriente.
—¿De modo?... —balbuceó el políglota ruborizado...
—Que nos ha hecho usted pasar las de Caín —repuso Juanita— para aprender lo que desde chiquitines sabíamos ya por el catecismo del Padre Ripalda.
—¡Ci zon uztedes doz zabioz de cimilor!...
Las pullas y las diatribas no hubieran tenido fin sin una detonación espantosa que, pareciendo conmover hasta los cimientos del mundo, produjo un silencio de muerte.
La lluvia se despeñó de golpe como si cataratas la vomitasen, y todos por instinto trataron de salir de la tienda; pero un vigía penetrando en ella con la mirada errante:
—¡Salvaos! —dijo con terror—. El firmamento se desgaja; los ríos han roto sus barreras y el valle ha desaparecido bajo las hondas encrespadas de un mar de espuma. ¡A la montaña!
—¡A la montaña! —gritó la tribu desapareciendo al par que la tienda: aquella impelida por el pánico; esta arrebatada por el huracán.