Las mujeres, perdiendo el sentido, impidieron emprender la fuga a los anacronóbatas, que con espanto veían flotar los cadáveres sobre las aguas, ganar los vivos las alturas, iluminar el espacio sierpes de fuego, y sobre el negro fondo del horizonte subir el nivel de aquella rugiente masa líquida hasta lamer la cúspide del montículo que les servía de base.

—¡Valiente chaparrón, caballeroz! ¿Ci cerá el Diluvio?

—Imposible —dijo Benjamín—. Aquella catástrofe tuvo lugar en el 3308 antes de Jesucristo y nosotros hemos hecho alto en el 2971 o sea 337 años antes.

—¿Y mi venganza? —vociferó don Sindulfo con la alegría de una satánica satisfacción.

—¿Cómo?

—Me habéis encerrado como una fiera en el cuarto de los relojes y yo los he retrasado para que, dirigidos por un falso cómputo, seáis víctimas conmigo de esta conflagración universal.

Un rugido prolongado sucedió a las palabras del implacable loco. La situación era insostenible; las aguas desprendían bajo los pies de los viajeros las piedras de la colina, y la oscuridad era tan profunda que a dos pasos no se distinguían los objetos. Las fuerzas de Luis cedían al peso de su preciosa carga. Ello no obstante trató de subir hasta la punta del promontorio; pero una ráfaga le derribó y Clara desasida de sus brazos sepultóse en el abismo.

—¡Dejarme a mí que nado como un boquerón! —dijo Pendencia y se arrojó al agua; pero al caer, sin lastimarse gracias a la inalterabilidad, en vez de sumergirse en un cuerpo líquido dio con el inanimado de Clara tendido sobre una superficie sólida y dura. Un manojo de rayos iluminó el firmamento, y a su resplandor pudo el intrépido soldado medir la inagotable bondad de la Providencia, enviándole en un grito agudo todo un himno de alabanza.

—¡El cangrejo! —exclamó reconociendo el Anacronópete y recordando su condición retrógrada.

Era en efecto el vehículo, que arrastrado por la corriente flotaba sobre las olas junto a aquella colina que de tumba se había trocado en embarcadero.