Don Sindulfo, con los ojos inyectados en sangre, fue el primero en penetrar en él ciego de cólera.

El trasbordo se verificó sin dificultad por la galería que recibiera a Clara y al asistente, y unos segundos más tarde los expedicionarios, hendiendo aquella cortina de agua y fuego, seguían su curso navegando por la más diáfana y apacible de las atmósferas primitivas.

Ocupados en prestar auxilios a las enfermas y preocupados con la duración del síncope, todos advirtieron que andaba; pero a nadie se le ocurrió preguntar quién había puesto en actividad al coloso. Luis, ante el temor de que su pobre tío cometiese por razón de su estado alguna nueva imprudencia, le puso cuatro centinelas de vista señalándole otros tantos pies cuadrados de zona de movimiento fuera del alcance del mecanismo.

En las primeras horas se desconfió de salvar a aquellos exánimes seres harto resistentes hasta entonces a tantas vicisitudes; pero la juventud suele acordarse en medio de sus derrotas del indisputable derecho que la asiste a la vida, y provoca crisis tan rápidas y absolutas como la que a nuestras simpáticas viajeras devolvió el uso de sus facultades.

Abrazado que se hubieron como hacían después de haber corrido algún gran peligro, por cuya razón paréceme que si no los deseaban tampoco los temían, nadie pensó sino en la felicidad que al regreso les esperaba.

—¡Ah! —decía Juanita—. Cuando yo vuelva a oír pregonar por Madrid la Correspondencia...

—Nada, nada: cada oveja con zu pareja. Uzté, capitán, con la ceñorita; don Pichichi con la emperatriz y yo con la doncella (perdonando el modo de ceñalar) —con lo que se refería a un cariñoso golpe que le había dado en la espalda a la de Pinto— noz vamos a la parroquia, noz echa el cura el garabato y a vivir.

—A este paso no tardaremos en llegar —adujo Luis.

Entonces fue cuando el políglota fijó mientes en la vertiginosa rapidez que llevaban; pero ignorando si la imprudencia estaba de su parte, se calló limitándose a consultar los relojes que con gran asombro suyo encontró desmontados y con las manillas fijas en el año 3308, época del Diluvio que habían traspuesto hacía seis horas.