Los periódicos de Zaragoza, como todos los de la Península, amanecieron una mañana anunciando la venta del museo de un célebre arqueólogo de Madrid fallecido pocas semanas antes; y como Benjamín, a quien no se le cocía el pan en el cuerpo cuando de cosas antiguas se trataba, manifestase deseos de adquirir algunas baratijas, su amigo le procuró la ocasión decidiendo trasladarse ambos a la corte de las Españas, y poniendo a disposición del anticuario su bolsillo y sus conocimientos.
Dicho y hecho: llegaron a Madrid, tomaron un cuarto común en las Peninsulares y el día de la venta se trasladaron al gabinete del coleccionador. Benjamín lo hubiera comprado todo a haber tenido dinero; pero se contuvo ante su pobreza y aun fue preciso que don Sindulfo le aguijoneara para hacerse con algunos ejemplares. La verdad es que se necesitaba ser un santo para no quitárselo de la boca, por ser dueño de aquel cúmulo de maravillas. Allí en un estuche de cuero y en estado fósil se encontraba el ojo que Aníbal perdió en el sitio de Sagunto: a su lado se erguía la punta del cuerno del buey Apis: un poco más allá reposaba una carabina llena de moho que, por haberse encontrado cargada con cañamones, se suponía que fuese la de Ambrosio que hasta entonces se había tenido por legendaria. Pero como los precios no estaban al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo que reducir sus aspiraciones y concretarse a la adquisición de una medalla relativamente importante. El tiempo había corroído parte de la inscripción; pero lo que de ella podía aún leerse que era esto:
SERV C POMP PR
JO HONOR
no dejaba duda acerca del origen que el catálogo le atribuía suponiéndola tributo conmemorativo de Servio Cayo, prefecto de Pompeya, en honor de Júpiter.
Ya iban a abandonar el museo cuando llamó la atención del absorto aficionado el ínfimo precio en que estaba tasada una momia de carácter particular. Y en efecto, ni el sarcófago tenía la forma egipcia, ni el procedimiento por que aquel cadáver había sido embalsamado era el que, según Herodoto, se practicaba en Tebas y Memfis abriendo el pecho con una aguzada piedra de Etiopía para sacar el ventrículo y rellenar el vientre con mirra, casia y vino de palmera. Tampoco se había obtenido la momificación con la resina llamada Katran por los árabes, extraída a fuego vivo de un arbusto muy abundante en las orillas del mar Rojo, la Siria y la Arabia feliz, como lo consigna el coronel Bagnole. Su acartonamiento parecía obra natural; pues, sobre no tener huella de incisión alguna, ni estaba envuelta en las tradicionales bandas, ni, falta de depresiones, podía decirse que hubiera sido fajada nunca. El catálogo decía modestamente: «Momia de origen desconocido;» y esta ausencia de abolengo o de historia es lo que la hacía despreciable para los que de ordinario solo se pagan de genealogías apócrifas las más veces.
Benjamín, con su espíritu observador, puso sus cinco sentidos en el estudio de los menores detalles; y fijándose en una ajorca o argolla de metal adaptada en el tobillo derecho y sobre la que campeaba una inscripción china —que el vulgo había tomado por un adorno—, no pudo reprimir un grito de sorpresa.
—¿Qué es eso? —le preguntó don Sindulfo.
—Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso.
—¿Cuál?