—Oiga usted lo que dice esta inscripción: «Yo soy la esposa del emperador Hien-ti, enterrada viva por haber pretendido poseer el secreto de ser inmortal.»
—¡Hien-ti! —exclamó don Sindulfo partícipe ya del entusiasmo de su amigo—. ¿El último vástago de la dinastía de los Han?
Destronado en el siglo tercero de la era cristiana por Tsao-pi, fundador de la dinastía de los Ouei.
—Es decir...
Don Sindulfo
—Es decir que ese pueblo, cuna de la civilización del resto del mundo, poseía, si no el secreto de la inmortalidad, por lo menos el de la longevidad fabulosa de los tiempos patriarcales.
Don Sindulfo, sin esperar nuevas explicaciones, sacó su cartera y extendió una orden de pago contra su banquero, encargando el transporte a las Peninsulares de los objetos adquiridos, entre los que figuraba otro hallazgo hecho a última hora y consistente en un hueso petrificado, que tuvieron que pagar a peso de oro, pues se trataba nada menos, según el inventario, de una canilla de hombre fósil descubierta en las inmediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época terciaria.
Los dos inseparables no pensaban más que en los preparativos de regreso a Zaragoza para entregarse de lleno a sus investigaciones científicas. Pero un garbanzo interpuesto en su camino cambió de fase la majestuosa monotonía de su existencia. Al ir por la tarde a liquidar y despedirse del banquero, fornido zamorano viudo y enriquecido durante la primera guerra civil con la empresa de suministros para el ejército leal, hubo aquello de:
—¿Y qué tal los tratan a ustedes en la fonda?