—Mal; comida francesa con la que nunca sabe uno lo que se mete en el estómago. Nos vamos de Madrid sin probar un cocido a la usanza de Castilla.

Y lo de:

—Pues hoy satisfarán ustedes su capricho; porque precisamente acabo de recibir unos garbanzos de Fuentesaúco que ni de manteca serían más tiernos.

—Que eso sería mucha incomodidad.

—Que no.

—Que sí.

—Que toma.

—Que daca.

El resultado es que se quedaron a comer con el banquero, el cual banquero tenía una hija; la cual hija era muda; pero, aunque no le faltaba más que la palabra para hablar, a ella no se le quedaba nada por decir, que con pies y manos todo lo daba a entender. Yo no sé cuál de estos aparatos locutorios es el que ella puso más en juego durante la comida; lo cierto es que a los postres, don Sindulfo que ocupaba su derecha, estaba a pesar de sus cuarenta años enamorado ya de la chica como un cadete. Por supuesto que todo se lo merecía la hija de su padre, pues no había línea en su cuerpo que no alcanzase el máximo de curva, ni facción que no incitase a cualquiera a ser Espartero no solo para perseguirlas como en Bilbao sino para abrazarlas como en Vergara.

El viaje se suspendió; las visitas se repitieron; la necesidad de no tener los aparatos físicos encomendados a manos mercenarias para su conservación sirvió a don Sindulfo de tema con Benjamín sobre la conveniencia del matrimonio: el asentimiento de este alentó al sabio, la demanda fue hecha en debida forma; y el banquero, que siempre tenía garbanzos del Saúco que probar cada vez que se le ponía a tiro un hombre en estado de merecer, dijo que sí con la alegría del enfermo a quien se le resuelve un tumor. La muchacha no hay que consignar si recibió bien la noticia, pues sabido es que tratándose de matrimonio hasta las mudas se alegran.