Estipulóse la dote que fue pingüe, dispusiéronse los regalos de boda, y como entre las condiciones figuraba la de residir en Madrid, los sabios se volvieron a Zaragoza para empaquetar convenientemente el laboratorio. Un mes después, marido, mujer y amigo, se instalaban en la calle de los Tres Peces de la coronada villa.
Mamerta, que así se llamaba la señora de García, salió de un natural excelente; porque el que gustase más de estar con Benjamín que con su marido, nada tenía de particular, si se considera que aquel en su calidad de políglota la enseñaba a hablar por señas en varias lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo aun en la suya propia no conseguía hacerse entender; y las mujeres se pirran por que les den conversación. También se le iban los ojos detrás de los uniformes; pero don Sindulfo, comprendiendo que este es achaque de muchachas, se ponía de cuando en cuando el de nacional de caballería que usó en el bienio, y la dejaba tan contenta. El único defecto que tenía era el de no podérsela contrariar. Al instante le daba un ataque de nervios que se traducía en una serie de cachetes descargados sobre el occipucio de su marido, en gracia de cuya conservación el hombre tuvo por prudente dejarle hacer su voluntad en adelante para no excitar, decía, su sistema nervioso. Otra particularidad suya digna de notarse es que en cuanto veía una aguja enhebrada, se desmayaba; lo que, a pesar de sus buenos propósitos, la impedía ocuparse de los quehaceres domésticos. Pasábase pues el día poniéndose moños en el tocador, haciendo señas con Benjamín o tañendo a la guitarra una cosa que nadie le había enseñado ni nadie podía entender; pero que ella reproducía siempre invariablemente con el mismo ritmo, idénticas modulaciones y análogos efectos: romper el tímpano de los que la oían.
Y así se deslizaron seis meses llenos de paz y de ventura para aquella trinidad; tras de los cuales vino el verano y con este los baños de mar, que el banquero tomaba en Biarritz para enflaquecer, sin lograrlo nunca, acompañado de su hija a quien se los propinaban para adquirir carnes, sin conseguirlo tampoco. Visto pues que Mamerta, a pesar del matrimonio, no engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre, como de costumbre, a ponerse en remojo en la playa favorita de la emperatriz. Llegaron y se zambulleron; pero, con tan mala suerte, que el banquero mientras hacía una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su hija pidió auxilio por señas; el bote de salvamento acudió como un rehilete; la muchacha no anduvo bastante lista en evitarlo y, dándole en la nuca con la proa, en vez de uno fueron dos los cadáveres que sacó a la orilla. Con lo que, como el padre había sido la primera víctima y Mamerta tenía hecho testamento en favor de su esposo, don Sindulfo se encontró posesor de una fortuna considerable que unida a sus bienes le permitía emular la fama de Creso.
«Bien vengas mal si vienes solo» dice el refrán; y nunca proverbio tuvo más exacta aplicación, pues desde entonces empezaron las tribulaciones de nuestro sabio, si bien pueden darse todas por bien sufridas en gracia de los beneficios que reportaron a la ciencia.
Murió también por aquel entonces una hermana de don Sindulfo, tan rica como él, viuda de luengos años y madre de un tierno pimpollo de quince primaveras que respondía al nombre de Clara. Al dejar esta tierra, en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña a su hermano, después de dejarle su manda correspondiente, sin otra condición que la de no separar en vida a la huérfana de una mozuela, cuatro años mayor que Clara, con quien esta se había criado y a quien, no obstante la condición humilde de Juanita —pues no pasaba de ser una criada suya— quería entrañablemente.
La viudez que lloraba nuestro sabio, sus aficiones que le incitaban a la soledad, las circunstancias que le atraían al retiro le indujeron a cambiar de residencia, y los dos inseparables con sus retortas y crisoles, sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus fósiles, fueron a sepultarse en Pinto entre la inocente sencillez de Clara y las inocentes ocurrencias de Juanita que, hija de la tierra —sin dejar de serlo de su padre y de su madre, difuntos—, largaba una fresca al lucero del alba en ese tono mayor que usa la gente de Madrid abandonada a su natural instinto. Los sabios no le entraron a la maritornes por el ojo derecho y ya principió por regalarle a cada uno su mote. A don Sindulfo le llamaba el tío Pichichi y al profesor de lenguas el locutorio.
Pero ¡oh fragilidad de las cosas humanas! Aquel hombre que llegara hasta los cuarenta años sin experimentar la atracción de las hijas de Eva, no necesitó más que seis meses de consorcio para no saber ya resistir a la influencia de su imán. Desconociendo que su caso con la muda había sido una chanca matrimonial cedida al primer postor, llegó a figurarse que su cara era moneda de buena ley para adquirir a tan bajo precio artículos no averiados, y siempre se la estaba poniendo delante a su sobrina que, inocente y cariñosa, la contemplaba sin ver en ella más que una cara de tío.
Estimulado por lo que nuestro héroe juzgaba el triunfo de sus atractivos y secundado por las sugestiones de Benjamín, siempre dispuesto a lisonjear las debilidades de su protector, un día al cabo de algunos meses don Sindulfo se decidió a declarar a su pupila su atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa rotunda, si bien regada con amargo llanto de Clara que no se resolvía a explicar el motivo de su oposición.
—¡Hombre de Dios! venga usté acá —le dijo Juanita saliendo al encuentro de su amo al enterarse de lo ocurrido—. Hágame usté el favor de mirarse las arrugas delante de ese espejo: ¿Cree usté que a mi señorita le ha de gustar casarse con un fuelle?
—¡Deslenguada! —gritó don Sindulfo ciego de cólera—. No des lugar a que te ponga en el arroyo.