—¿A mí? Ni usté ni nadie. Estoy aquí por la voluntad de la testaora y me defiende la curia. Yo soy una criada ante escribano.

—Pero ¿en qué se funda para desahuciarme? —preguntó el tutor en tono humilde, probando si por la dulzura sacaba mejor partido.

—Pues miste; finalmente, que a la señorita y a mí no nos da por la cencia sino por la melicia.

—¿Cómo?

—Que ella quiere retemucho a su primo don Luis el capitán de húsares, y yo a su asistente Pendencia; que dentro de tres días llegarán de guarnición a Madrid, y que si nos viene usted con retruécanos verá usted el escabeche de sabio que resulta.

Aquella revelación, confirmada por su sobrina, fue el golpe de gracia para don Sindulfo, cuya pasión alcanzó el período álgido aguijoneada por los celos. El capitán, más enamorado que nunca de su prima, llegó efectivamente a la corte una semana después, y dos horas más tarde se personaba en Pinto; pero la puerta de la casa le fue herméticamente cerrada por don Sindulfo con la intimación de no volver a poner allí los pies so pena de desheredarle. El primer impulso de Luis fue pedir amparo a la justicia contra la arbitrariedad del despiadado tutor; pero ni Clara tenía la edad legal para que el juez supliese el disenso paterno, ni aun teniéndola hubiera ella contrariado la última voluntad de su madre por la que le obligó a no tomar marido que no fuese de la aprobación de don Sindulfo.

Preciso fue por lo tanto sufrir y esperar. Cuando se quiere y se es querido, todo se soporta con resignación. Pero desde aquel punto la casa fue un infierno, pues las cartas iban y venían por conducto del asistente y de la maritornes, y al sabio todo se le volvía vigilar sin fruto y enflaquecer sin resultado.

—¡Oh! —exclamaba el infeliz en su desesperación—. ¿Por qué se habrán liberalizado tanto las leyes? Dichosos tiempos aquellos en que un tutor tenía derecho de imponerse a su pupila. ¿Quién pudiera transportarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el respeto y la obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad? ¡Si yo pudiese retrogradar en los siglos!

—¡Ojalá Dios! —contestaba Benjamín haciéndole el dúo—. De ese modo podríamos caer sobre China en el imperio de Hien-ti y aclarar ese enigma iniciado por la momia, para cuya interpretación he leído inútilmente cuantos historiógrafos han escrito sobre los sectarios de Confucio y Mencio.

Esta idea predominante en ambos llegó a tomar en ellos las proporciones de una monomanía. El políglota soñaba en chino y su colega se pasaba la existencia extrayendo aire de los recipientes con la máquina neumática, para su análisis y descomposición. Pero todo fue inútil hasta que la Providencia —que quiso en este caso, como en la mayor parte de los descubrimientos, disfrazarse de casualidad— vino inesperadamente en su ayuda.