Cierta tarde en que el nuevo don Bartolo, impulsado por sus celos penetró de puntillas en la cocina con el fin de sorprender a las palomas, que huyendo del gavilán se refugiaban casi siempre en el fogón, halló a Juanita deletreando una carta de Pendencia, que ella se guardó precipitadamente donde sabía que don Sindulfo no se la había de coger.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—Instruyéndome —le dijo ella sin inmutarse.

—Más valdría que te entretuvieses en limpiar la chimenea que tiene un palmo de hollín y un regimiento de telarañas.

—Y la creación entera encontrará usted ahí. Eso es la obra del tiempo. Si puede que desde que usted ha nacido no le hayan pasado un escobón.

Don Sindulfo, que tenía un cuchillo a mano, lo blandió con ánimo sin duda de cometer un homicidio; pero deteniéndose oportunamente se puso a rascar con él la campana del hogar como para paliar su arrebato.

—Pues entretente —añadió— en quitar las capas de basura y verás cómo consigues sacar a luz los hornillos.

—¡Ay! No me haga usté reír. Pues si eso fuera posible ya se hubiera usted puesto como nuevo rascándose con un cuchillo las capas de años que le sobran.

Don Sindulfo se las iba a echar de matón; pero una idea súbita cruzó por su mente y se quedó en un pie como las grullas y en la actitud de Caín al oír al Señor preguntarle: «¿Qué has hecho de tu hermano?» Aquel ser vulgar sin la menor noción científica acababa de iniciarle en la solución del problema que perseguía con tanto empeño.

Desde aquel instante puso manos a la obra. La física, las matemáticas, la geología, la dinámica, la mecánica, el cálculo sublime, la meteorología, todo el saber humano en fin, espoleado por su amor y azotado por sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y reduciendo a una fórmula su maravillosa invención, sentó el axioma de que retrogradar en los siglos no era otra cosa que deshollinar el tiempo.